La tarde de ayer, luego de deambular por las calles del centro de la ciudad de México, estuve en un café de la calle de Gante dispuesto a recibir los beneficios y peligros de la cafeína. Me acompañaba la tercera edición del tomo 2 del libro México en la obra de Octavio Paz. Generaciones y Semblanzas. Escritores y Letras de México. Mi búsqueda para el siguiente documental que realizaré esta centrada en los escritores posteriores al período que se conoce como el de “La novela de la Revolución Mexicana”, así que para calentar los motores de lectura pacista repasaba la brillante semblanza sobre Agustín Yañez, autor de la magistral novela Al filo del agua de 1947 y pronto llegué con entusiasmo a una de mis paradas obligatorias: José Revueltas. Paz traza inteligentemente un paralelismo entre las personalidades de Revueltas y Vasconcelos, vidas y obras casi olvidadas hoy en día, pero capitales para comprender el México de hoy, ora en lo político, ora en lo literario. La crisis militante de Revueltas, su marxismo cristiano, su heroísmo, su crítica al partido comunista, su expiación y autocrítica fueron dibujando un retrato más complejo para mí del autor de El apando. Esto me hacia recordar ese rostro pensativo y el tono de voz de Revueltas en las conversaciones filmadas por el gran Julio Pliego durante los años 70, también pasó por mi mente la frase de José Agustín que decía más o menos “José Revueltas con su barbita a lo Ho-Chi-Minh”, de manera involuntaria vino a mi oído el estribillo que cantaban los marines en el filme de Kubrick Full Metal Jacket que remataba con un hilarante “Ho-Chi-Minh is a son of a bitch”. Cese la lectura y recordé el malestar que el filme provocaba a muchos de mis amigos, entonces rojos preparatorianos, hoy algunos de ellos perredistas o burócratas obesos, tan obtusos como su mal humor respecto a las peripecias del genial Sargento Hartman. De vuelta a la taza de café y a la lectura encontraba alegremente, de la mano de Paz, la clave para comprender al hombre llamado José Revueltas, más allá de ser un ícono de los años del sueño de la revolución marxista mundial, de la pasión sacrosanta del personaje trágico y heróico, Revueltas era un hombre de profundas dudas espirituales, un Dostoyevski mestizo, un apóstol de la rebeldía romántica que el siglo veinte creó y que cual Saturno, cruentamente engulló. Al recordar que Revueltas fue acusado por el régimen como el autor intelectual del movimiento estudiantil del 68, y su encarcelamiento convertido en monumental lección de valentía consecuente por sus correligionarios y a la vez aceptado por él mismo con la serenidad del santo cristiano que acata sin respingos el martirio, parecería que no habitaba en esa figura que Paz compone magistralmente el humor, la risa o el cinismo. Al beber mi segunda taza de café sentí una gran admiración por Revueltas, pensaba en él como un Orígenes exaltando al mundo al martirio como única vía de acceso al Cristo, vinieron a mí las tentaciones de San Antonio y un sin fin más de Santos cristianos primitivos, sería Revueltas un aspirante a santo, me preguntaba, y la respuesta llegó del propio Paz al revelar que durante la noche de la masacre del 10 de Junio de 1971, en casa de Carlos Fuentes la plana mayor de los intelectuales de entonces tribulaban “Que hacer”, Revueltas sugería juguetón: “¿Por qué no vamos todos a bailar frente al Santo Señor de Chalma”? La risa y la cafeína me poseyeron hasta el alivio, Revueltas en efecto, era un santo y poseía el sentido del humor del mismo, quizá habría reído más al escuchar el himno de Mickey Mouse en Full Metal Jacket al atacar una aldea vietnamita, que enfadarse por haber sido expulsado del partido comunista, lo sabía, Revueltas ríe.

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